Medalla de Oro · Roger L. Cowan
Preludio
Estaba en el salón deportivo preparándome para dar una charla de suma importancia, tanto para nosotros como para el deporte en Guatemala. Al iniciarla, procuré encontrar las palabras más adecuadas para la ocasión. Mis palabras debían inspirar algo verdaderamente excepcional. Tenían que engrandecer los deseos ardientes de los jugadores y encender una chispa de energía que provocara una extraordinaria explosión de ánimo. Debían disipar cualquier duda y elevar la confianza por encima de cualquier nivel previamente alcanzado.
Frente a mí, observándome con miradas de gran intensidad, estaban los miembros de la selección nacional masculina de voleibol de Guatemala. Eran los últimos momentos antes del inicio del partido decisivo del torneo de voleibol de los Juegos Centroamericanos, que se celebran únicamente una vez cada cuatro años. El partido que estaba por comenzar representaba el último peldaño en la larga lucha por llegar a ser campeones por primera vez en la historia. El camino que habíamos recorrido fue muy largo y tortuoso. Nos habíamos preparado arduamente durante tres años. Mes tras mes habíamos trabajado con mucha entrega y sacrificio. Los entrenamientos habían sido muy sufridos al principio, pero poco a poco los jugadores se acostumbraron a las extraordinarias exigencias. Perseveraron porque mantuvieron siempre presente la visión de ganar el torneo centroamericano, recibir las medallas de oro y levantar el trofeo de campeones, honrando a Guatemala con su victoria.
Durante el torneo habíamos ganado todos los partidos previos, jugando con excelencia. Fueron encuentros largos y exigentes, pero en todos salimos victoriosos. Solo quedaba un obstáculo en el camino hacia nuestra anhelada meta, y era enorme: el equipo al que íbamos a enfrentar jamás había perdido un partido en toda la historia del voleibol centroamericano. Sus jugadores contaban con una gran ventaja en estatura y fuerza. Tenían mucha más experiencia que nosotros en competencias internacionales de alto nivel. Eran invictos y se consideraban invencibles. Casi todos los demás pensaban igual. Fuera de nuestro círculo, casi nadie creía que tuviésemos alguna posibilidad de ganar.
Debía convencer a los jugadores de que, a pesar de todas nuestras desventajas, iban a jugar mejor en cada momento, con más ánimo, garra, coraje y perfección que nuestros rivales y de que triunfarían. No aceptaría menos. Tenían que ganar, porque perder significaría derrumbar todos nuestros anhelos, nuestro esfuerzo, sacrificio, trabajo, dedicación y sufrimiento de los últimos tres años. Quedaríamos cortos de nuestra meta y eso no era aceptable. De no ganar, lamentaríamos toda la vida haber dejado escapar aquella oportunidad. Pero esto no iba a suceder. Íbamos a ganar.
Comencé mi discurso. Hablaba con gran autoridad y una confianza sincera, porque realmente creía en los jugadores. Confiaba en que iban a ganar. Continué con más pasión, elevando el tono de mi voz. Pronto nos bañamos en un ambiente de emoción y entusiasmo. A cada momento las olas de emoción crecían. Observaba cómo los jugadores “tomaban vuelo”, casi flotando en esa atmósfera cargada de energía. Ya estaban gritando y cantando por el triunfo de Guatemala, llenos de confianza. Llegó el momento de terminar la charla y enviarlos al terreno de juego.
En ese momento desperté. Era un sueño: un recuerdo precioso, muy representativo de algo que ocurrió cuarenta años antes. En el sueño, el partido contra el equipo invicto era el último del campeonato; en la realidad, como se verá, el calendario fue otro. Han pasado casi diez años desde aquel sueño, y esos recuerdos siguen vivos en mi subconsciente. Parecen querer salir y celebrarse de nuevo a cada rato.

